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lunes, 20 de febrero de 2012

Octavio Paz/La casa de la presencia/Apéndices/

Ningún prejuicio más pernicioso y bárbaro que el de atribuir al Estado poderes en la esfera de la creación artística. El poder político es estéril, porque su esencia consiste en la dominación de los hombres, cualquiera que sea la ideología que lo enmascare. Aunque nunca ha habido absoluta libertad de expresión —la libertad siempre se define frente a ciertos obstáculos y dentro de ciertos límites: somos libres frente a esto o aquello—, no sería difícil mostrar que allí donde el poder invade todas las actividades humanas, el arte languidece o se transforma en una actividad servil y maquinal. Un estilo artístico es algo vivo, una continua invención dentro de cierta dirección. Nunca impuesta desde fuera, nacida de las tendencias profundas de la sociedad, esa dirección es hasta cierto punto imprevisible, como lo es el crecimiento de las ramas del árbol. En cambio, el estilo oficial es la negación de la espontaneidad creadora: los grandes imperios tienden a uniformar el rostro cambiante del hombre y a convertirlo en una máscara indefinidamente repetida. El poder inmoviliza, fija en un solo gesto —grandioso, terrible o teatral y, al fin, simplemente monótono— la variedad de la vida. «El Estado soy yo» es una fórmula que significa la enajenación de los rostros humanos, suplantados por los rasgos pétreos de un yo abstracto que se conviene, hasta el fin de los tiempos, en el modelo de toda una sociedad. El estilo que a la manera de la melodía avanza y teje nuevas combinaciones, utilizando unos mismos elementos, se degrada en mera repetición.

Nada más urgente que desvanecer la confusión que se ha establecido entre el llamado «arte comunal» o «colectivo» y el arte oficial. Uno es el arte que se inspira en las creencias e ideales de una sociedad; otro, el arte sometido a las reglas de un poder tiránico. Diversas ideas y tendencias espirituales —el culto de la polis, el cristianismo, el budismo, el Islam, etc. — han encarnado en Estados e Imperios poderosos. Pero sería un error ver el arte gótico o románico como creaciones del Papado o la escultura de Mathura como la expresión del imperio fundado por Kanishka. El poder político puede canalizar, utilizar y —en ciertos casos— impulsar una corriente artística. Jamás puede crearla. Y más: en general su influencia resulta, a la larga, esterilizadora. El arte se nutre siempre del lenguaje social. Ese lenguaje es, asimismo y sobre todo, una visión del mundo. Como las artes, los Estados viven de ese lenguaje y hunden sus raíces en esa visión del mundo. El Papado no creó el cristianismo, sino a la inversa; el Estado liberal es hijo de la burguesía, no está de aquél. Los ejemplos pueden multiplicarse. Y cuando un conquistador impone su visión del mundo a un pueblo —por ejemplo: el Islam en España— el Estado extranjero y toda su cultura permanecen como superposiciones ajenas hasta que el pueblo no hace suya de verdad esa concepción religiosa o política. Y sólo entonces, es decir: hasta que la nueva visión del mundo no se Convierte en creencia compartida y en lenguaje común, no surgen un arte o una poesía en las que la sociedad se reconoce. Así, el Estado puede imponer una visión del mundo, impedir que broten otras y exterminar a las que le hacen sombra, pero carece de fecundidad para crear una. Y otro tanto ocurre con el arte: el Estado no lo crea, difícilmente puede impulsarlo sin corromperlo y, con mis frecuencias, apenas trata de utilizarlo lo deforma, lo ahoga o lo convierte en una máscara.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Hacia un capitalismo popular? / René Sédillot / 1967



El dinero es el nervio de la vida, aun antes de ser el de la guerra. Y si, desde que existe, obsede el espíritu del hombre y el de la mujer, porque con su poder abarca todo lo necesario y todo lo superfluo de la existencia material (Evelyne Sullerot)



viernes, 20 de enero de 2012

El futuro de Venezuela ya no pasa por Hugo Chávez / Rut Diamint y Laura Tedesco


Venezuela parece estar cerca de emprender una transición política y el papel que cumplan las Fuerzas Armadas es crucial, sea garantizando o desestabilizando una transición democrática. El análisis de algunas transiciones latinoamericanas permite considerar como se afrontaron procesos similares: sólo hay transición si hay alternativa política.  Para la oposicion no hay futuro sin unidad.

En los tiempos post-chavistas será crucial el papel de las Fuerzas Armadas. Los temas de la transición y el viejo problema latinoamericano de militares y civiles visualizados por  Rut Diamint y Laura Tedesco, Directoras del proyecto Liderazgo, renovación y prácticas políticas en América Latina. 

LEE POL I C Y  B R I E F - Nº 68 - NOVIEMBRE 2011 EN CLICK

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cuando hay demasiadas leyes/ Diego de Saavedra Fajardo/ Eduardo García Gaspar


¿Quién no reacciona favorablemente ante la emisión de más leyes creyendo que ello es solución de problemas? ¿Pero, qué es mejor, muchas leyes o pocas? La realidad señala que se piensa que es mejor tener muchas. La idea de Saavedra Fajardo, escritor político del Siglo de Oro Español, da una respuesta que es directa y conveniente para los tiempos en los que se ha tomado como algo dado la relación entre la cantidad de leyes y el beneficio probable a los ciudadanos. Quizá la verdad sea la contraria, menos leyes, mayor bienestar. Si Bastiat trata el alcance de la ley Epstein el de su complejidad, ahora Saavedra examina el aspecto cuantitativo

Después de una serie de consideraciones, el autor llega a la idea que se destaca en este resumen. Dice que la multiplicidad de leyes es algo que lastima a las repúblicas. Las leyes, cuando son muchas no causan otra cosa que trastornos y complejidades. Muchas leyes se olvidan y en ese olvido no pueden respetarse, por lo que se desprecian. La sencillez de la ley produce su admiración y respeto; la abundancia de leyes, su desprecio e ignorancia. Cuando hay muchas leyes, se contradicen unas a otras, y hacen nacer diversas interpretaciones u opiniones maliciosas, de donde surgen los litigios y las desavenencias. Las sociedades que se rigen con un exceso de leyes ocupan a la mayoría de los habitantes en los juicios y desperdician tiempo necesario para los campos y los oficios. El trabajo es frenado por la abundancia de leyes. El exceso de leyes, entonces, es causa de complicaciones innecesarias, del desprecio a lo legal, de pleitos y de pérdida de tiempo. Más aún, el exceso de leyes hace que muchos malos sean señores de los buenos y que unos pocos buenos sean sustento de los muchos malos. Son allí los tribunales bosques de facinerosos y quienes hablan de cuidar los intereses del pueblo son en realidad la cadena que los sujeta con crueldad. Las muchas leyes son pues más frenos que alientos.
Sigue el autor mencionando las malas consecuencias de la abundancia de leyes. El que promulga muchas leyes disemina por todas partes obstáculos en los que todos caen. Por esto, asevera Saavedra, es que Aristóteles ha dicho que unas pocas leyes son suficientes para los casos graves, pues del resto puede encargarse el juicio natural. Ninguna calamidad interior de las repúblicas es tan principal como la de la abundancia de leyes. No hay razón por la que deben añadirse a la ligera nuevas leyes a las ya existentes, pues no hay exceso que no haya ya acontecido, ni inconveniente que no se haya padecido ya. Lo sucedido en el pasado puede, por tanto ser usado en el presente sin necesidad de cambios.

Introduce ahora el autor un elemento adicional, el de las modificaciones a las leyes. Mejor es gobernada, dice, la sociedad que tiene leyes fijas aunque sean ellas imperfectas; mejor aún es esa sociedad que la de otra en la que las leyes son alteradas con frecuencia. Los antiguos labraban en bronce las leyes para exhibir su permanencia y Dios las esculpió en piedra. Bastantes son ya las leyes que existen en las sociedades y lo que es de conveniencia es que su variedad no las haga más equívocas, inciertas e inseguras, creando oscuridad, embrollos y pleitos.
No puede ser buena una sociedad en la que muchos, como forma de vida, alzan y levantan litigios, demandas y juicios. Al igual que muchos médicos no sanan a un enfermo, tampoco muchos letrados, procuradores y escribanos traen con ellos más justicia. No es de provecho a las repúblicas que se coloque demasiada diligencia en el examen de los derechos con cargo a la serenidad de las personas y sus bolsillos.

La abundancia de leyes y disposiciones legales, realizada sin duda con la intención de hacer más justa y mejor a la sociedad, puede estar produciendo un efecto contrario al deseado. Muchas leyes muy cambiantes hacen que en algún momento todo ciudadano esté fuera de la ley. Y eso produce desprecio a la ley misma, por no mencionar confusiones, pérdidas de tiempo y mal uso de recursos.


Eduardo García Gaspar / Editor de ContraPeso.Info

Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648) Empresas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, coedición del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Editorial Océano de México MCMCCIX, Empresa XXI pp. 287-292. El original fue publicado en 1640.

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