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miércoles, 23 de octubre de 2013

El fin de la farsa


Andrade nombró al General Ramón Guerra para combatir la revolución mochista. Andrade creía que con el nombramiento de Guerra jugaba la carta de un caudillo conservador en contra de otro, sin saber que antes de la muerte de Crespo, Guerra "estaba descontento y en tratos con el Comité Revolucionario mochista" según lo reveló Lecuna. Por su parte, Guerra vio la posibilidad de ocupar la Presidencia del Estado Miranda, que había quedado vacante por la muerte de Crespo. En todo caso, mientras Guerra andaba persiguiendo al mocho, Andrade puso en marcha una maniobra para desmontar el poder de los jefecitos regionales de los grandes Estados, reformando la Constitución y "devolviéndole" a los 20 Estados su "soberanía". Pero el Congreso acordó diferir su discusión para las sesiones del año entrante.

Ramón Guerra hizo preso al "mocho". Entonces quiso cobrar su victoria sobre el "mocho" con la presidencia del Estado Miranda. A ello aspira también José Ramón Núñez quien como secretario de la presidencia de Crespo, había sido autor principal de la candidatura de Andrade, y se creía con derecho a que Andrade lo apoyara su aspiración a la candidatura de 1902.

Crespo había muerto y el "mocho" había sido derrotado y estaba preso. Pero el círculo de hierro que Crespo había construido alrededor de Andrade estaba sin amo. En el Congreso, en la Judicatura, en los comandos de las guarniciones y en las Presidencias de los Estados, había hombres que amigos o enemigos de Andrade, tras la muerte de Crespo tenían sus ambiciones. Esto y la personalidad débil y vacilante de Andrade desataron un creciente proceso de desestabilización. Como Crespo había hecho de las siete presidencias de los siete Estados de la Constitución de 1881, los bastiones de su poder para controlar al presidente Andrade, éste maniobró para apoderarse de esos bastiones, controlar las cinco circunscripciones militares y recoger las armas con las cuales los generales podían alzarse y tumbarlo. La artimaña que escogió Andrade rué la de anular la división político territorial mediante una reforma de la Constitución de 1881 y regresar a los veinte Estados de la Constitución Federal de 1864. Ramón Velázquez comenta que Andrade... "en lugar de siete, tendrá veinte presidentes de Estado, veinte secretarios Generales de Gobierno, y veinte comandos militares que dar a sus amigos. Con ellas puede frenar ambiciones peligrosas,"

En diciembre de 1898 Andrade firmó la partición de los Estados Bermúdez y Miranda. A Bermúdez lo partió en dos: Barcelona para cuya Presidencia nombró al General Manuel Guzmán Alvarez y Sucre donde nombró al General Nicolás Rolando. Al Estado Miranda lo dividió en tres: Guárico, Aragua y Caracas. Para Guárico nombró a Ramón Guerra, y para Aragua a Antonio Fernández. González Guiñan escribió en sus memorias: "este proceder era contrario a la Constitución. " En febrero de 1898 Ramón Guerra, Presidente del Estado Guárico se sublevó en Calabozo. Era la segunda revolución que enfrentaba Ignacio Andrade en un año de gobierno. A diferencia de la del "mocho", la revuelta de Guerra no tuvo eco en el país. Después de algunos éxitos iniciales en la región del Guárico, el 22 de marzo una de las divisiones del Ejército encontró a las fuerzas de Guerra en el "Morichal del Lambedero" y lo derrotó decisivamente.

Aparentemente Andrade era dueño de la situación. El "mocho" Hernández estaba preso y Ramón Guerra que lo había derrotado y se había alzado, estaba fugado a Colombia. La derrota de Guerra le dio alas al Ministro del Interior Zoilo Bello, para saltarse las formalidades para la reforma constitucional y hacerla por un Acuerdo del Congreso de inmediata vigencia. Cuando el viejo y experimentado González Guinan le advirtió del peligro que significaba tamaña ilegalidad que en 1892 había provocado la revolución de Crespo, Bello le respondió "¿Y quién nos tumba?”¿No /hemos vencido a Hernández y a Guerra'? A lo cual González Guinan le respondió "Del fondo de la tierra saldrá el que haya de tumbarlos”.

En ese momento, Cipriano Castro estaba en Cúcuta, observaba el panorama político y organizaba un "Comité Revolucionario" con Régulo Olivares, Froilán Prato, Emilio Fernández, Manuel Antonio Pulido y Juan Vicente Gómez. El 27 de abril de 1899, con la oposición de una minoría de 25 congresistas, se aprobó la reforma constitucional que volvía a la división territorial de 20 Estados. En mayo, Ignacio Andrade seguro de sí mismo liberó al General José Manuel "mocho" Hernández del castillo de San Carlos. Al salir, Hernández lanzó un "manifiesto" ofensivo al Presidente. Lejos de allí, en la tarde del 23 de mayo, un grupo de sesenta hombres, dirigidos por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, cruzaron el río Táchira.

Jorge Olavarría / Historia Viva / pág 60-61 / 1999

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La Creación de la Nueva Civilización / Alvin y Heidi Toffler / review

La colisión del socialismo con el futuro*

La dramática muerte del socialismo de estado en Europa oriental y su sangrienta agonía de Bucarest a Bakú y Pekín no fueron accidentales. El socialismo chocó con el futuro.
Los regímenes socialistas no se desplomaron por obra de complots de la CIA, del cerco capitalista o de una estrangulación desde el exterior. Los gobiernos comunistas de Europa oriental se derrumbaron como fichas de dominó tan pronto como Moscú dio a entender que ya no seguiría utilizando tropas para protegerlos de sus propios ciudadanos. Pero la crisis del socialismo como sistema, en la Unión Soviética, China y otros lugares, tenía una base mucho más profunda.
De la misma manera que el invento de Gutenberg –la imprenta a mediados del siglo XV inflamó la Reforma protestante, la aparición del ordenador y de los nuevos medios de comunicación a mediados del siglo XX hizo pedazos en control de las mentes que ejercía Moscú en los países que regía o mantenía cautivos.
Los trabajadores intelectuales o mentales eran típicamente desechados como «improductivos» por los economistas marxistas (y también por muchos economistas clásicos). Pero fueron estos trabajadores supuestamente improductivos quienes, más quizá que cualesquiera otros, aplicaron a las economías occidentales una tremenda inyección de adrenalina desde la mitad de la década de los cincuenta.
Ahora, a pesar de no haberse resuelto todas sus supuestas «contradicciones», las naciones capitalistas de alta tecnología han dejado muy atrás al resto del mundo. Fue el capitalismo basado en el ordenador, y no el socialismo de chimeneas, el que describió lo que los marxistas llaman «salto cualitativo» hacia adelante. Mientras la auténtica revolución se extendía por las naciones de alta tecnología, los países socialistas pasaron de hecho a constituir un bloque profundamente reaccionario, gobernado por ancianos imbuidos de una ideología decimonónica. Mijail Gorbachov fue el primer dirigente soviético que reconoció este hecho histórico.
En un discurso de 1989, unos treinta años después de que el nuevo sistema de creación de riqueza hiciera acto de presencia en Estados Unidos. Gorbachov declaró: “Estuvimos a punto de ser los últimos en admitir que en la época de la ciencia de la información el activo más valioso es el conocimiento.”
El propio Marx había formulado la definición clásica de una etapa revolucionaria. Surgía, dijo, cuando las «relaciones sociales de producción» (en el sentido de la naturaleza de la propiedad y de su control) impiden el desarrollo ulterior de los «medios de producción» (en términos aproximados, la tecnología).
Esta expresión describía perfectamente la crisis del mundo socialista. Del mismo modo que las «relaciones sociales» feudales entorpecieron en su momento el desarrollo industrial ahora las «relaciones sociales» socialistas casi impedían que esos países se beneficiasen del nuevo sistema de creación de riqueza basado en los ordenadores, la comunicación y, sobre todo, en la libre información.
De hecho, el fracaso crucial del gran experimento del socialismo de
Estado en el siglo XX radicó en sus ideas obsoletas con respecto al conocimiento.

LA MAQUINA PRECIBERNETICA

Con pequeñas excepciones, el socialismo de estado no condujo la opulencia, la igualdad y la libertad, sino a un sistema político de partido único, a una burocracia descomunal, una policía secreta con mano de hierro, un control oficial de los medios de comunicación, el sigilo y la represión de la libertad intelectual y artística.
Al margen de los océanos de sangre que fueron necesarios para imponerlo, una observación atenta de este sistema revela que todos y cada uno de tales elementos no sólo constituyen una forma de organizar a la población, sino también –y más profundamente- un modo particular de organizar, canalizar y controlar el conocimiento.
Un sistema político de partido único se halla concebido para controlar la comunicación política. Puesto que no existe otro partido, restringe la diversidad de la información política que fluye a través de la sociedad, bloquea la retroinformación y, de esta manera, ciega a los que ocupan el poder impidiéndoles ver toda la complejidad de sus problemas. La existencia de canales autorizados por los que asciende una información estrictamente definida y descienden las órdenes torna muy difícil que el sistema pueda detectar errores y corregirlos.
En realidad, el control de arriba abajo que se ejercía en los países socialistas se basaba cada vez más sobre mentiras y falsedades, puesto que dar malas noticias a los superiores solía ser bastante arriesgado. La decisión de implantar un sistema de partido único es una medida que atañe sobre todo al conocimiento.
La burocracia abrumadora que creó el socialismo en todas las esferas de la vida también fue un mecanismo que restringía el conocimiento, que empujaba al saber hacia compartimientos o cubículos predefinidos y limitaba la comunicación a los «canales oficiales» mientras ilegitimaba la comunicación y la organización no formales.
El aparato de la policía secreta, el control estatal de los medios de comunicación, la intimidación de los intelectuales y la represión de la libertad artística representaron otros tantos intentos de limitar y controlar el flujo de información.
Así, detrás de cada uno de estos elementos se encuentra, en realidad, un único y anticuado concepto del conocimiento: la creencia arrogante de que quienes mandan –sean del partido o del estado- han de decidir lo que han de saber los demás.
Estas características de todas las naciones bajo el socialismo de Estado garantizaron la estupidez económica y procedían del concepto de la máquina precibernética aplicado a la sociedad y a la propia vida. Casi todas las máquinas de la segunda ola operaban sin retroalimentación alguna. Una vez conectada a la fuente de energía, la máquina se ponía en marcha y seguía funcionando con independencia de lo que sucediera en su entorno.
Las máquinas de la tercera ola son, por el contrario, inteligentes. Tienen detectores que captan la información del entorno, advierten los cambios y modifican en consecuencia el funcionamiento del aparato. Se autorregulan. La diferencia tecnológica es revolucionaria.
Pero los teóricos marxistas continuaban detenidos en el pasado de la segunda ola, como denota incluso su propio lenguaje. Así, para los socialistas marxistas la lucha de clases constituía la «locomotora de la historia». Una tarea clave era hacerse con la “máquina del estado». Debía preajustar a la misma sociedad, al ser como una máquina, para que suministrase abundancia y libertad. Al apoderarse del control de Rusia en 1917, Lenin pasó a ser el mecánico supremo.
Intelectual descollante, Lenin comprendía la importancia de las ideas. No obstante, para él, también era posible programar la producción simbólica, la propia mente. Marx se había referido a la libertad, pero Lenin, al ganar el poder, asumió el conocimiento del ingeniero. Así pues, insistió en que el arte, la cultura, la ciencia, el periodismo y la actividad simbólica en general estuvieran al servicio de un plan superior para la sociedad. Con el tiempo, las diversas ramas del saber encajarían perfectamente en una «academia» con departamentos y niveles burocráticos previamente determinados, sometidos todos al control del partido y del estado. Instituciones dirigidas por un ministerio de cultura emplearían a los «trabajadores culturales». Editoriales y emisoras de radio serían monopolio del estado. El conocimiento, por consiguiente, pasaría a formar parte de la maquinaria estatal.
Este enfoque angosto del saber bloqueó el desarrollo económico hasta en los niveles más bajos de la producción de las chimeneas; resulta diametralmente opuesto a los principios que requiere el progreso económico en la era del ordenador.

LA PARADOJA DE LA PROPIEDAD

El sistema de creación de riqueza de la tercera ola que ahora se difunde pone también en tela de juicio pilares del credo socialista.
Desde el principio, los socialistas achacaron la pobreza, las depresiones, el desempleo y los otros males de la industrialización a la propiedad privada de los medios de producción. La forma de acabar con estas plagas estribaba en que los trabajadores poseyeran las factorías, a través del estado o de otros colectivos.
Una vez conseguido esto, las cosas serían diferentes. No habría más derroches competitivos. Planificación completamente racional.
Producción para el uso más que para el beneficio. Por primera vez en la historia, se materializaría el sueño de la abundancia para todos.
En el siglo XIX, cuando se formularon estas ideas, parecían reflejar el conocimiento científico más avanzado de su tiempo. Los marxistas afirmaban, en realidad, haber superado las descabelladas ideas de los utópicos y concebido un «socialismo auténticamente científico». Los utópicos podían soñar con comunidades autogobernadas. Los socialistas científicos sabían que en una sociedad de chimeneas y en vías de desarrollo tales nociones eran impracticables. Utópicos como Fourier pensaban en un pasado agrario. Los socialistas científicos miraban hacia lo que entonces era el futuro industrial.
Así, después de que los regímenes socialistas experimentasen con cooperativas, autogestión, comunas y otros planteamientos, la propiedad estatal se tornó predominante en el mundo socialista. En todas partes fue el estado, y no los trabajadores, el beneficiario principal de la revolución socialista.
El socialismo incumplió su promesa de mejorar radicalmente las condiciones materiales de vida. Cuando el nivel de vida bajó en la
Unión Soviética después de la revolución, se achacó, con alguna justificación, a los efectos de la Primera Guerra Mundial y de la contrarrevolución. Luego las dificultades se atribuyeron al bloqueo capitalista y, más tarde, a la Segunda Guerra Mundial. Pero cuarenta años después de la contienda todavía escaseaban en Moscú productos como el café y las naranjas.
No deja de ser chocante que, aunque mengüe su número, todavía haya por el mundo socialistas ortodoxos que propugnen la nacionalización de la industria y las finanzas. Desde Brasil y Perú hasta Sudáfrica e incluso en las naciones industrializadas de Occidente quedan auténticos convencidos de que, a pesar de todas las pruebas históricas en sentido contrario, la «propiedad pública» es «progresista», por lo que se resisten a cualquier esfuerzo por desnacionalizar o privatizar la economía.
Es cierto que la economía mundial de hoy, cada vez más liberalizada, exaltada sin el menor sentido crítico por las grandes multinacionales, es inestable en sí misma. También es verdad que la liberalización no determina un «goteo» automático de beneficios para los pobres. Pero está demostrado hasta la saciedad que las empresas de propiedad pública maltratan a sus empleados, contaminan la atmósfera y abusan de la población por lo menos con la misma eficiencia que las empresas privadas. Muchas se han convertido en sumideros de ineficacia, corrupción y codicia. Con frecuencia sus fracasos alientan un activo mercado negro que socava la misma legitimidad del estado. Pero lo peor y más irónico de todo es que, en lugar de ponerse a la cabeza del progreso tecnológico como se prometió, las empresas nacionalizadas son casi uniformemente reaccionarias, las más burocratizadas, las más lentas para reorganizarse, las menos dispuestas a adaptarse a las necesidades cambiantes del consumidor, las más reacias a brindar información al ciudadano y las últimas en adoptar una tecnología avanzada.
Durante más de un siglo, socialistas y defensores del capitalismo libraron una guerra enconada en torno de la propiedad pública y privada. Gran número de hombre y mujeres perdieron literalmente su vida en este empeño. Lo que ninguna de las partes imaginó fue un nuevo sistema de creación de riqueza que hiciese virtualmente obsoletos todos sus argumentos.
Y, sin embargo, esto es exactamente lo que ha sucedido. Porque la forma más importante de propiedad resulta ahora intangible. Es supersimbólica. Se trata del saber. El mismo conocimiento puede ser usado simultáneamente por muchas personas para crear riqueza y producir todavía más conocimiento. Y, al contrario que las fábricas y los cultivos, el conocimiento es, a todos los efectos, inagotable.

¿CUANTOS TORNILLOS LEVÓGIROS?

La planificación central era el segundo pilar de la catedral de la teoría socialista. En lugar de permitir que el «caos del mercado» marcara el rumbo de la economía, la inteligente planificación de arriba abajo podría concentrar los recursos en los sectores clave y acelerar el desarrollo económico.
Pero la planificación central dependía del saber y, ya en la década de los veinte, el economista austríaco Ludwig Von Mises identificó su falta de conocimiento o, como él lo identificó, su «problema de cálculo», como el talón de Aquiles del socialismo.
¿Cuántos zapatos y de qué números debía hacer una fábrica de Irkutsk? ¿Cuántos tornillos levógiros y cuántas clases de papel? ¿Qué relaciones de precios habría que establecer entre carburadores y pepinos? ¿Cuántos rublos, zlotys o yuanes era preciso invertir en cada uno de las decenas de miles de niveles y líneas diferentes de producción?
Generaciones enteras de esforzados planificadores socialistas han luchado desesperadamente contra este problema del conocimiento. Cada vez necesitaban más datos y conseguían más mentiras de unos responsables temerosos de dar cuentas de fallos en la producción. Engordaron la burocracia. Carentes de las señales de la oferta y la demanda que genera un mercado competitivo, trataron de medir la economía en términos de horas de trabajo o contando los artículos en términos de clases, y no de dinero. Más tarde probaron con los modelos econométricos y el análisis input-output.
No les valió de nada. Cuanta más información tenían, más compleja y desorganizada se les tornaba la economía. Transcurridos sus buenos tres cuartos de siglo desde la revolución rusa, el auténtico símbolo de la Unión Soviética no era la hoz y el martillo, sino la cola de consumidores.
Ahora, de un extremo a otro del espectro socialista y ex socialista, se ha iniciado una carrera para implantar la economía de mercado. Varían los enfoques al igual que las tentativas de proporcionar una «red» a los que quedan en paro. Pero los socialistas reformistas reconocen de forma casi universal que, permitiendo que la oferta y la demanda determinen los precios (al menos dentro de ciertos márgenes), se consigue algo que el plan central era incapaz de brindar: señales de los precios que indican lo que la economía necesita y desea.
Sin embargo, en este debate de economistas con respecto a la necesidad de tales señales se ha pasado por alto el cambio fundamental que estas indicaciones exigen en las vías de comunicación y el tremendo desplazamiento de poder que producirán estas alteraciones en los sistemas de comunicación. La diferencia más importante entre las economías de planificación centralizada y las impulsadas por el mercado radica en que la información fluye verticalmente en las primeras, mientras que en el sistema de mercado se transmite mucha más información en sentido horizontal y diagonal y, además, compradores y vendedores la intercambian en cada uno de los niveles.
Este cambio no sólo representa un peligro para los burócratas que ocupan las mejores poltronas en los ministerios de planificación y en la gestión, sino que también amenaza a millones y millones de mini burócratas cuya única fuente de poder depende del control de la información que pasa por sus manos.
Los nuevos métodos de creación de riqueza requieren tanto conocimiento, tanta información y comunicación, que quedan por completo fuera del alcance de las economías de planificación centralizada. El auge de la economía supersimbólica choca así de frente con el segundo fundamento de la ortodoxia socialista.

EL BASURERO DE LA HISTORIA

El tercer pilar socialista que se desplomó fue su énfasis altanero en lo materialmente tangible y duradero: su concentración total en la industria de las chimeneas y su detracción de la agricultura y del trabajo mental.
En los años que siguieron a la revolución de 1917, los soviéticos carecían de capital para crear todos los altos hornos, presas e industrias automotrices que necesitaban. Los líderes comunistas hicieron suya la teoría de la «acumulación primitiva socialista» formulada por el economista E. A. Preobrazhensky. Esta teoría mantenía la posibilidad de obtener el capital necesario mediante la reducción del nivel de vida de los campesinos a una miserable subsistencia y privándolos de sus excedentes. Estos serían utilizados después para capitalizar la industria pesada y subvencionar a los obreros.
Como resultado de esta «desviación industrial», según lo denominan ahora los chinos, la agricultura fue y sigue siendo una actividad catastrófica en casi todas las economías socialistas. En otras palabras, los países socialistas aplicaron una estrategia de la segunda ola a costa de su población de la primera ola.
Pero los socialistas también denigraron con harta frecuencia los servicios y el trabajo administrativo. Como el objetivo del socialismo era en todas partes la industrialización más rápida que fuese posible, se glorificaba el trabajo físico.
Esta difundida actitud se acompañaba de una concentración tremenda en la producción con perjuicio del consumo, en bienes de inversión más que en bienes de consumo.
La mayoría de los marxistas sostenían típicamente la opinión materialista de que las ideas, la información, el arte, la cultura, el derecho, las teorías y los otros productos intangibles de la mente constituían simplemente parte de una «superestructura» que se cernía, por así decirlo, sobre la «base» económica de la sociedad.
Aunque se admitía la existencia de cierto retroinformación entre ambas, era la base la que determinaba la superestructura y no al contrario. Aquellos que opinaban de otro modo recibían el sambenito de «idealistas», etiqueta que a menudo resultaba decididamente peligroso lucir.
Para los marxistas, lo material era siempre más importante que lo inmaterial, y la revolución informática nos enseña ahora que las cosas son al revés. El conocimiento es lo que impulsa a la economía, y no ésta a aquél.
Sin embargo, las sociedades no son máquinas ni ordenadores.
No es posible reducirlas simplemente a una parte tangible y otra intangible, a base y superestructura. Un modelo más adecuado las representaría como compuestas por muchos elementos enlazados, en bucles de retroinformación muy complejos y en continuo cambio. A medida que aumenta su complejidad, el conocimiento se torna más crucial para su supervivencia económica y ecológica.

En resumen, el auge de una nueva economía cuya materia prima fundamental es, de hecho, inmaterial e intangible, encontró al mundo socialista totalmente desprevenido. El choque del socialismo con el futuro fue mortal.

* Título original: Creating a New Civilization: The Politics of the Third Ware.
Primera edición: enero, 1996
© 1994, Alvin y Heidi Toffler
© de la traducción, Guillermo Solana Alonso
© 1995, Plaza & Janés Editores, S. A.
ISBN: 84-01-45101-9 (col. Tribuna)
ISBN: 84-01-45934-6 (vol. 106/6)

sábado, 31 de agosto de 2013

Apología (1924) / G.K. Chesterton.


Me propongo dar a esta publicación muy mal nombre y aferrarme a él. Cuando se me sugirió que empleará en el título las iniciales de mi nombre, la proposición me inspiró un horror que se ha convertido en aversión. Debo al lector una breve exposición de las razones que me indujeron a aceptarla: la principal de las cuales es que a causa de circunstancias peculiares, es difícil encontrar otro título. Es cierto que los títulos periodísticos son por lo común inadecuados. El periódico llamado Daily Herald probablemente muestre poca afición a la heráldica. El periódico titulado The Nation se ha mostrado siempre particularmente hostil a la nacionalidad. Hasta se podría decir que el órgano de las guildas, llamado New Age (nueva era), debiera llamarse más bien Middle Age (edad media). Pero en nuestra situación hay algo que difiere de todos estos periódicos; no es por simple vanidad que decimos es a la vez universal y único en su clase. 

Deseo que esta publicación represente ciertas ideas muy normales y muy humanas; pero es un hecho indiscutible que no serían publicadas en ningún periódico más que en este. No son manías; son sólo tradiciones que serían desestimadas, mientras que las manías son bien recibidas por estar a la moda. Tampoco son excentricidades; no son sino las ideas centrales de la civilización que han sido olvidadas en un maremágnum de excentricidades. Pero por haber sido olvidadas, vuelven a ser nuevas, y porque han sido olvidadas en otras partes, las hallará aquí solamente. Son verdades de sentido común en un mundo en que ese sentido ha dejado de ser común. 

Tomaré como principal ejemplo el problema actual de la pobreza y de la riqueza. En el problema, mi posición parecería singularmente sencilla. Y es, sencillamente, que me opongo cordialmente al bolchevismo y a los Trust. Creo que es posible restablecer y perpetuar una razonable y justa distribución de la propiedad privada; y en este periódico daré las razones que inducen a creerlo. Por el momento, lo importante es esto: ninguna otra publicación en este país puede ser cordialmente opuesta, tanto al bolcheviquismo, como a los Trust. Un diario como el Daily Mail opina que debemos tolerar algo de los Trust, porque la única alternativa es el bolcheviquismo. Y él Daily Herald opina que debemos tolerar algo del bolcheviquismo, porque la única alternativa son los trust. El Daily Mail no puede tratar de destruir los trust, porque él forma parte de un Trust. El Daily Herald no puede tratar de derrocar el bolcheviquismo, porque su mejor apoyo lo halla entre los bolcheviques. Para ellos no hay más que dos partidos que tomar, y son opuestos. 

Pero para mí hay otro, el tercero; y ningún otro diario lo defendería, ni siquiera lo mencionaría. Este tercer camino a seguir ha sido llamado "distributismo", expresando que habría las esperanzas de distribuirla equitativamente la propiedad privada. Pero si yo le diera a este periódico el título de "la revista distributiva" (como se ha sugerido), produciría justamente la impresión que desea evitar. Daria la idea de que un distributista es algo así como un socialista; un pretencioso, un pedante, una persona con una nueva teoría de la naturaleza humana. Mi opinión es que esta solución es simplemente humana y que las otras soluciones son deshumanizadas. Esta es mi opinión. Decir que debemos tener socialismo o capitalismo es como decir que debemos optar por que todos los hombres entren a los conventos o que unos pocos tengan harenes. Si yo negara esa alternativa sexual, no sería necesario llamarme a mí mismo monógamo; me contentaría con llamarme hombre. Apelaría a toda nuestra tradición normal y nacional de virilidad. Si fundara un diario que negara esa alternativa, no querría titularlo "La revista monógama". Y si lo hiciera, 9 personas de cada 10 pensarían que yo era algún otro pedante, levemente distintos de los anteriores, y tendría la vaga idea de que un monógamo era tan loco como un mormón. El paralelo es bastante exacto en este caso. Porque el gran Trust no tiene más derecho de absorber en un monopolio todas las fortunas privadas y afirmar que así defienden la institución de la propiedad, que el que tiene el gran turco de raptar a todas las mujeres y encerrarlas en un harem, afirmando que así defienden la santidad del matrimonio. 

Cualquier otro paralelo sería igualmente bueno, en cuanto se tratase del insensato dilema y de la sensata alternativa; y tal vez cuanto más fantástico juega en paralelo, tanto más exactamente se lo podría aplicar al caso. Si todos los diarios hubieran llevado al público la idea de que debemos elegir entre ser vegetarianos o caníbales, podríamos necesitar algún diario indicara ya que esa alternativa era un disparate. Pero no mostraremos muy brillante criterio periodístico si lo tituláramos "El antiantropófago carnívoro". Sería una correcta descripción de nuestra costumbre normal de comer carne de carnero, pero no de comer hombres. Es una bárbara mezcla de griego y del latín, pero con todo, parece ser una palabra realmente científica. Lógicamente si no lingüísticamente, es un término de exactitud perfecta. Pero aunque casi todos somos carnívoros antiantropófagos, nunca lo mencionamos, especialmente si queremos convencer a nuestros vecinos de que somos sencillamente personas sensatas; y lo somos, en efecto. La dificultad consiste en que cualquier título que define nuestra doctrina, la hace parecer doctrinal. Y es que la verdadera idea de la propiedad privada ha sido descuidada por la que tan largo tiempo en Inglaterra, que no hay fraseología popular fácil que se refiere a ella. Ha tenido que inventar sus propios términos y son necesariamente confusos y complicados; y es tan antigua esa idea que ha llegado a se nueva. Al mismo tiempo, necesito un título que indique que el periódico es de controversia y que ésta es la tendencia general que defiende. Necesito algo que sea reconocido como bandera aunque esta sea fantástica y ridícula, que algún punto represente un desafío, aunque éste sea recibido con cierta benévola ironía. No quiero un nombre incoloro, y lo más parecido a un símbolo que se me ocurre es sencillamente mi propia bandera. 

Por ejemplo, la primera prueba de que algo es familiar, es cuando resulta divertido. Hay bromas respecto a los que se benefician con las guerras y también respecto a los socialistas. Pero no las hay con respecto al Distributista. Cualquiera puede dibujar una caricatura convencional de un socialista poniéndose una corbata roja. Pero nadie puede hacer una caricatura de un hombre que cree en la pequeña propiedad privada bien distribuida, porque no está familiarizado con la teoría ni con el tipo. Ningún visionario puede aventurarse a imaginar cómo sería el cabello de un distributista. Ningún poeta, mojando su pincel en los colores del terremoto y del eclipse, puede colorear la corbata del distributista. No hay imagen familiar que podamos evocar para recordar amigos y enemigos lo que queremos decir. Pero, aunque no haya bromas referentes a la pequeña propiedad, las hay referentes a mí. Comienzan con la antigua y admirable historia de que mi anticuada caballerosidad indujo a ceder mi asientos a tres damas, y siguen con una anécdota más reciente y realista de que mis vecinos se quejaron al administrador de una ruidosa fábrica local con el motivo de que "el señor Chesterton no podía escribir bien", y recibieron está tranquila respuesta: "sí, ya sabemos eso". 

Nadie cuya notoriedad se base en tales cuentos puede sentirse muy orgulloso de ella. No digo que mi reputación periodística sea particularmente elevada, pero debo reconocer que es probable que sea más difundida que mis opiniones sobre distribución económica. Este ideal sociológico tan natural, ha sido descuidado en Inglaterra tan ciega y totalmente, que creó con sinceridad que mi ideal normal es menos conocido que mi nombre. Es por eso que me veo inducido a emplear el nombre como la única introducción familiar a ese ideal. 

Tengo la esperanza de ver invertida esa relación trabajaré en este periódico con el anhelo de que la familiaridad con el nombre disminuya, y aumente el conocimiento de la causa. Tal vez entonces una generación más feliz, que viva en un estado social más sano, se sienta intrigada por las iniciales impresas en el encabezamiento de esta página. Los sabios profesores meditaran sobre el significado de este G. K. jeroglífico; los que conserven la bárbara teoría del siglo XX las interpretarán así: "Good Killing" (Buena Matanza), mientras los que idealizan más piadosamente ese pasado, la traducirán como "Greather Knowlogde" (Mayor Conocimiento). Los estudiosos de la literatura contemporánea supondrán que forman una especie de monograma de "God and Kippling" (Dios y Kippling) o posiblemente Kipps, mientras los historiadores dinásticos probarán que no era sino una transposición de "George King" (Rey Jorge). Pero no me preocupará mucho lo que digan, siempre que sea en un país libre, donde los hombres puedan volver a poseer algo. 

No hay destino más noble que ser olvidado como enemigos de una herejía olvidada, ni mayor éxito que llegar a ser superfluo; bien esta aquel que puede ver su paradoja implantada de nuevo como un lugar común, o su fantasía desechada como una pluma cuando las naciones renuevan su juventud, a la manera de las águilas; y cuando no sea absurdo decir que la granja deba pertenecer al granjero, y ni que parezca una idea brillante sugerir que el hombre debe vivir en su casa, así como es dueño de su sombrero. Entonces, las trompetas del triunfo nos dirán quizá ya no somos necesarios.
La Razón Histórica, nº17, 2012 [78-81], ISSN 1989-2659. © Instituto de Estudios Históricos y sociales.
The American Chesterton Society

domingo, 4 de agosto de 2013

"Todas las cosas son ya dichas; pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre". André Gide

Del diccionario del ciudadano sin miedo a saber / Fernando Savater

“Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la ilustración.”

IMMANUEL KANT

PRESENTACIÓN

Una viñeta de El Roto muestra a un tenebroso personaje que señala al lector e inquiere: “¿Usted todavía piensa o es un ciudadano normal?”. Este diccionario mínimo pretende zanjar el dilema humorístico, ayudando a que lo normal sea que los ciudadanos piensen: por sí mismos, discutiendo entre sí, pero nunca empecinados en fomentar la discordia. Nadie puede pensar por otro – y el autor de este diccionario menos que nadie - , pero todos debemos intentar pensar juntos. Para ello es imprescindible tratar de precisar los principales términos de nuestras deliberaciones políticas: a veces no nos oponen los distintos intereses y proyectos, sino la borrosa ambigüedad de las palabras cuyo significado todo el mundo cree conocer. Cada una de las voces de este diccionario pretende ofrecer un punto de partida razonable y razonadamente claro para el necesario debate plural de la ciudadanía que compartimos.

CONSTITUCIÓN

La constitución es algo así como el reglamento general del juego democrático. Leyendo su texto uno debería saber más o menos a qué atenerse respecto al tipo de convivencia que va a conocer en su país, así como los derechos y deberes que le corresponden (por supuesto, hará bien en rebajar un tanto las promesas más radiantes, porque las constituciones son un poco como los folletos de las agencias de viajes, en los que todos los paisajes fotografiados aparecen bañados por el sol). Sin duda, la Constitución no es un texto intocable, una vaca sagrada jurídica que nunca podremos apartar de nuestro camino aunque haya buenas razones para ello: no es una jaula de la que ya no se puede salir una vez que se ha entrado. Pero tampoco parece prudente someterla ante cualquier oleaje social a cambios sucesivos, siguiendo la moda o las presiones del momento: le  va bien una cierta imperturbabilidad anticuada, como la peluca a los jueces británicos. Y eso a pesar de la opinión de Jefferson, que proponía cambiar la Constitución cada cinco o seis años para evitar a la nueva generación la carga de los compromisos del pasado…
A mi juicio la Constitución más satisfactoria es la que deja ligeramente insatisfecho a casi todo el mundo. Si la constitución satisface plenamente a una parte de la población, aunque sea a la mayoría, será porque ha dejado también radicalmente frustradas a varias minorías. Después de todo, se trata de establecer la convivencia entre intereses sociales contrapuestos, y es sano que todos hayan tenido que ceder en sus propósitos y prerrogativas, para que nadie olvide que no vivimos solos, que la armonía con los demás siempre se consigue al precio de asumir alguna frustración en nuestros deseos. Ningún ciudadano está exento de acatar la constitución, pero este respeto debe exigirse mucho más a quienes ocupan puestos de autoridad y también a los que gozan de mayores privilegios sociales o más reconocimiento público: si ellos, los más directos beneficiarios de la Magna carta, no dan ejemplo de respeto a las reglas del juego será difícil que se lo exijan a quienes padecen los aspectos menos favorables de la sociedad.


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