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jueves, 21 de febrero de 2013

David y Goliat


Quizá Maquiavelo compondría de nuevo un pequeño escrito sobre el arte de gobernar, pero esta vez no sería bajo el título El príncipe sino bajo el título Sobre los estados débiles y la posteridad estaría de nuevo de acuerdo en que este pequeño libro sería un escándalo. Tal vez Maquiavelo no eliminaría completamente su humanismo florentino y, de esta manera, escribiría su tratado en forma de diálogo entre dos adversarios: David y Goliat; un pasaje de este tratado podría decir lo siguiente:

David: ¿Qué hay, Goliat? ¿Siempre en forma, y dispuesto a la lucha? Espero que estés preparado para un nuevo duelo.
Goliat: Eso no es juego limpio, David, ¿no estás viendo que hoy estoy en baja forma?
David: ¿Qué te pasa?
Goliat: Es una larga historia.
David: Las historias me gustan. ¿Qué tal si por hoy pospusiéramos nuestro duelo y nos dedicásemos a contar historias? Ganará el que sepa contar la historia más loca, a condición de que sea verdadera. ¿Empiezas tú?
Goliat: Bueno, si te empeñas... La historia como sucedáneo de la lucha, extraña idea. Por mí... Déjame pensar. Bien, vamos a ello. Hace poco tiempo me sucedió algo que me preocupa de tal manera que no encuentro sosiego. Tú sabes que hace tiempo, después de la Gran Guerra, vencí al gigante Caput y liquidé a todos sus partidarios. Fue un gran servicio el prestado por mi parte, pues eran muchos y no me resultó fácil rastrearlos a todos. Ellos se habían colocado muy ladinamente incluso en mis propias filas. Finalmente, conseguí poner orden y tranquilidad y todo parecía marchar bien de nuevo. Un día encontré a un gigante que se puso a gritar al verme: «Tú eres Caput, te voy a liquidar». Acabar de decir esto y empezar a armarse hasta los dientes fue todo uno. En vano intenté hacerle ver que yo no era Caput, pues a éste le había liquidado yo con mis propias manos. Pero de ello no quería saber nada el otro. Sin cesar seguía acumulando los más terribles instrumentos guerreros para estar armado contra mí, en quien creía ver al asesino Caput. Él seguía armándose tan incontinentemente que yo, por mi parte, no tuve más remedio que armarme y armarme. Por nada en el mundo se habría dejado convencer de que yo no era Caput. El me comprometió a ello. Ambos estamos convencidos de que Caput es terrible y de que debe ser aniquilado necesariamente, pero yo no puedo convencerle de que no soy Caput. Es más, al largo empiezo a dudar de si en aquel entonces habría matado al auténtico Caput. Quizá al que tumbé no era Caput y es posible que éste, el otro, sea Caput, que me ataca e intenta volverme loco afirmando que yo soy él. Pero no me dejo llevar a su terreno. Yo me muestro cauto. Nos acechamos día y noche. Nuestras flotas están ininterrumpidamente patrullando los mares y nuestras fuerzas aéreas están en el aire para poder golpear tan pronto como el otro se mueva. Y no sé quién es él, pero afirmo por mi parte que me confunde con otro, quizá intencionadamente. Lo único cierto es que seguimos armándonos sin cesar.
David: Ésta sí que es una historia terrible. Tendré que esforzarme mucho para encontrar otra más loca. ¿Y tú afirmas que es verdadera?
Goliat: Por supuesto. Ya quisiera yo que fuera inventada. Estoy seguro de que me iría bastante mejor. Me da náuseas tanto armamento. De esta manera, no puedo moverme a gusto de tantas armaduras y contactos eléctricos que hay y que detonarán las bombas tan pronto se muevan.
David: ¡Maldita sea! Entonces no puedes luchar como es debido. Te harías saltar por los aires a ti mismo. ¿Por qué no me lo has dicho en seguida? Casi me habría liado a porrazos contigo, como entonces, cuando eras un auténtico enemigo.
Goliat: En otro tiempo ya te habría replicado y te habría hecho tragar palabras tan insolentes. Pero, en cierto sentido, tienes razón. Ya no sirvo como enemigo. A decir verdad, lo estoy pasando tan mal que no sé cómo voy a seguir tirando. Cada noche pesadillas que agotan, nada más que bombas, cráteres, cadáveres, angustias que asfixian.
David: ¿Y con uno así pretendía batirme? Has dejado de ser un gigante, tú eres ya un caso clínico. ¿Has acabado?
Goliat: No del todo. Ya que estamos en ello, tienes que oírlo hasta el final. De un tiempo a esta parte tengo una pesadilla que me viene constantemente; sueño que soy un ratón que quisiera morir porque la vida le resulta demasiado fácil. Busco un gato que me haga el favor. Me pongo delante del gato e intento que se interese por mí, pero él sigue indolente. «No está bien por tu parte -le digo al gato-, pues todavía soy joven y aún tengo que saber bien; además, estoy bien cebado.» Pero el gato, el tonto de él, se limita a responder: «Yo también estoy bien alimentado, así que ¿para qué iba a molestarme? Sería estúpido». Con gran esfuerzo, consigo convencerlo. «Voy a hacerte ese favor -dice-. Pon tu cabeza en mi boca y espera.» Hago tal y como me dice. Y le pregunto: « ¿Va a durar mucho?». El gato contesta: «Todo lo que tarde alguien en pisarme el rabo. Tiene que ser un movimiento reflejo. Pero no tengas miedo, voy a extender el rabo». «Esto es consiguientemente la muerte», me digo, con la cabeza en las fauces del gato. El gato extiende su rabo tupido y lo pone sobre la acera. Oigo pasos. Miro de reojo y ¿qué veo? Doce niñas ciegas salen del hospicio Papa Julio y bajan por la calle cantando.
David: ¡Santo cielo!
Goliat: En ese preciso momento despierto puntualmente, bañado en sudor, te lo puedes suponer.
David (reflexivo): Ya está decidido.
Goliat: ¿Qué dices?
David: Que has ganado. No puedo replicarte con otra historia. Es terrible lo que te pasa.
Goliat: ¿De veras? Pues bien, una victoria en el relato ya es algo.
David: Quizá sea tu última victoria.
Goliat: Una persona tan grande como yo vencerá a menudo.
David: ¿Grande? ¿Qué es grande?

Peter Sloterdijk/ Crítica de la razón cínica /Consideración fundamental fenomenológica/Los cinismos cardinales /El cinismo estatal y de prepotencia

jueves, 31 de enero de 2013

NUESTRA DEMOCRACIA / EL PUNTO DE PARTIDA


La desigualdad y el poder

Vivimos el periodo más prolongado de democracia en América Latina. Nunca, desde la independencia, tantos países de nuestra región han vivido en democracia sin interrupciones dictatoriales por tanto tiempo. A su vez, nuestra democracia es singular: somos al mismo tiempo una región democrática y la más inequitativa del planeta. Por eso comenzaremos con el mayor problema de nuestras democracias: las desigualdades de nuestras sociedades y su reflejo en el poder y en el ejercicio de los derechos de los ciudadanos. 

En toda sociedad existen fuertes desigualdades y asimetrías de poder. En América Latina, esas desigualdades se reflejan en particular en la pésima distribución del ingreso. En las últimas décadas, 10% del sector más rico de la población ha recibido, en el promedio de la región, 37% del ingreso. Esta proporción es casi tres veces la que ha recibido el 40% más pobre (poco más de 13%).1 Esa desigualdad económica se refleja en muchas otras formas, entre las que destaca la desigualdad en el acceso al poder. Esta concentración de poder, a su vez, puede acrecentar las desigualdades económicas y sociales. 

Si no estuvieran reguladas y organizadas, estas desigualdades impedirían la realización de los derechos de los que son portadores los individuos; es decir, la ampliación de la ciudadanía. Nadie entregaría naturalmente a otros partes de los beneficios que disfruta por su posición económica y su acceso al poder si no media una acción redistributiva y equilibradora. Esos derechos no se harían efectivos de manera espontánea y, por ende, la ciudadanía, que consiste precisamente en hacer efectivos los derechos individuales, sería casi nula. 

Desde esta perspectiva, la función de la democracia es redistribuir el poder para garantizar a los individuos el ejercicio de sus derechos. Pero, para lograr organizar el poder en la sociedad, la democracia a su vez precisa poder. 

En el informe del pnud de 2004, La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, se decía: 

Los criterios que aquí se presentan son un punto de partida, procuran desencadenar un debate, son su inicio no su culminación. Proponemos que esa agenda incluya: cómo pasar de una democracia cuyo sujeto es el elector a una cuyo sujeto es el ciudadano que tiene derechos y deberes expandidos, en los campos político, civil y social; cómo pasar de un Estado de legalidad trunca a un Estado con alcance universal en todo el territorio y cuyo principal objetivo sea garantizar y promover los derechos: un Estado de y para una nación de ciudadanos; cómo pasar de una economía concebida según los dogmatismos del pensamiento único a otra con diversidad de opciones, y cómo construir un espacio de autonomía en la globalización. Se trata, en fi n, de llenar de política a la sociedad y, consecuentemente, de sociedad a la política.2

Esas metas también guían este trabajo. 

Discutiremos algunas de las condiciones y necesidades para hacer de América Latina una región donde la democracia perdure, se regenere y se amplíe. Analizaremos la cuestión de la sostenibilidad democrática latinoamericana y promoveremos la incorporación de los temas que surjan de este análisis a la agenda política de nuestras sociedades. 

En última instancia, este trabajo indaga cómo la democracia puede convertirse en la organización de la sociedad que plasme los derechos nominales en realidades concretas, cotidianas y vividas, que genere una sociedad democrática donde se amplíe el ejercicio de la ciudadanía política, civil y social. 

Partimos de reconocer que no gozamos de la democracia que estamos en condiciones de tener por nuestro nivel de desarrollo y la disponibilidad de recursos. Más allá de las quimeras, hay un grado de desarrollo democrático al cual deberíamos acceder y que sin embargo no se ha alcanzado. ¿Por qué la democracia realizable y exigible no se logra? Indagar las causas de este défi cit motiva nuestro estudio, el cual sostiene, como se ha dicho, que éstas se encuentran en buena medida en la negación o la ignorancia de temas vitales para nuestras sociedades. 

En su más reciente obra, Amartya Sen escribió: 

“En el pequeño mundo en el cual los niños ven transcurrir su existencia —dice Pip en las Grandes expectativas de Charles Dickens—, no hay nada tan finamente percibido y sentido como la injusticia.” Creo que Pip tiene razón: él recoge intensamente, luego de su humillante encuentro con Estella, la Coerción caprichosa y violenta que sufrió siendo pequeño de parte de su hermana. Pero la fuerte percepción de la injusticia manifiesta también se aplica a los seres humanos adultos. Lo que nos mueve, de forma razonablemente suficiente, no es el convencimiento de que el mundo no alcanza a ser suficientemente justo—lo que pocos de nosotros espera—, sino que existen a nuestro alrededor injusticias claras y remediables que queremos eliminar.3

Es esa percepción de la injusticia, semejante a la que se tiene de la desigualdad, la que debilita el sentido de la democracia. 

Nuestras democracias trajeron libertad, la libertad promovió el debate público, nutriente esencial para el desarrollo de la democracia. Sin embargo, ciertos temas y formas de ver algunas cuestiones parecen vedados en el momento de discutir y elegir el rumbo de una sociedad. “De eso no se habla” parece ser la norma tácita que marca los límites de nuestras agendas políticas. Pero si la democracia enfrenta injusticias “claras y remediables”, parecería útil hablar de lo que no se habla, proponer la discusión de lo vedado. 

El político francés Pierre Mendès France, quien ocupó el cargo de primer ministro en 1954-1955, dijo: “todo individuo contiene un ciudadano”. Estas palabras sintetizan el principal desafío de las democracias. Mendès France afirmaba, de manera cuidadosa, que el individuo contiene un ciudadano; no decía que es un ciudadano. Le corresponde a nuestras sociedades organizadas democráticamente acercarse al cumplimiento de ese desafío.


1 Con base en datos de CEPAL, base de estadísticas e indicadores sociales. 
2 pnud, 2004, p. 182. 
3 A. Sen, 2009, p. VII 
ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS AMERICANOS 
PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA EL DESARROLLO 
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA 
INSTITUTO FEDERAL ELECTORAL 
AGENCIA CANADIENSE DE DESARROLLO INTERNACIONAL 
MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES Y DE COOPERACIÓN 
AGENCIA ESPAÑOLA DE COOPERACIÓN INTERNACIONAL PARA EL DESARROLLO

martes, 22 de enero de 2013

El "espíritu de 23 de enero"

Semanas antes de caer la dictadura, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba se reunieron en Nueva York para analizar los errores del pasado y para ponerse de acuerdo sobre lo que habría que hacer una vez derrocado el gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Las conclusiones fundamentales de sus conversaciones fueron, primero, la necesidad de evitar los enfrentamientos y el sectarismo que habían caracterizado al Trienio y, segundo  que la estabilización de la democracia demandaría acuerdos de cooperación política entre los distintos sectores de la sociedad. Esta "lección del 24 de noviembre de 1948" —fecha del golpe contra Rómulo Gallegos— constituyó una de las bases de los acuerdos "pactistas" que se establecieron después del 23 de enero de 1958 entre las distintas fuerzas organizadas del país. 

La otra base de esos acuerdos estuvo representada por el carácter colectivo de las jornadas del 23 de enero y por el llamado "espíritu de unidad" que emergió de ellas. La amplia participación de civiles y militares en la lucha final contra la dictadura contribuyó, en efecto, a crear un clima de unidad política y de militancia en favor de la democracia. Esta disposición a la lucha democrática forzó, gracias a motines callejeros y protestas en las filas militares, la salida de la Junta de Gobierno de los coroneles Roberto Casanova y Abel Romero Villate, quienes habían sido los vencedores de la rebelión del 1° de enero, encabezada por el Coronel Hugo Trejo. Con la salida de estos dos oficiales el mismo 24 de enero, se incorporaron dos civiles a la Junta de Gobierno: Eugenio Men­doza y Blas Lamberti. 

Los principios y acuerdos de conciliación políti­ca se concretaron formalmente en el "Pacto de Punto Fijo", suscrito el 31 de octubre de 1958 por Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Rafael Caldera, Pedro del Corral, Lorenzo Fernán­dez, Jóvito Villalba, Ignacio Luis Arcaya y Manuel López Rivas. El 13 de febrero del año siguiente, con la investidura de Betancourt como Presidente de la República, la ejecución del "Pacto" se puso en marcha. Atendiendo a sus pautas generales, el Gabinete Ejecutivo quedó integrado por indepen­dientes y por representantes de los tres grandes partidos: tres ministros de URD, dos de AD y dos de Copei. Asimismo, las gobernaciones se distribu­yeron entre esas organizaciones, aunque utilizando en este caso una especie de sistema de cuotas, de acuerdo con el cual se nombraba gobernador a un miembro del partido que hubiese alcanzado la más alta votación en cada estado o entidad federal (Velázquez, 1979, p. 231). 

Es de hacer notar que los alcances del "Pacto" no se limitaron al Gabinete Ejecutivo y a las goberna­ciones de estado. Ya durante el mes anterior se habían instalado las Cámaras del Congreso con unas directivas integradas por representantes de los tres partidos. En el Senado, Raúl Leoni (AD) ocu­pó la Presidencia, mientras J. M. Domínguez Chacín (URD) y Patrocinio Peñuela Ruiz (COPEI) ocupaban las vicepresidencias. En Diputados, por su parte, Rafael Caldera (COPEI) fue instalado como Presidente, en tanto que Rigoberto Henríquez Vera (AD) y Vidalina de Bártoli (URD) fueron escogidos como Vicepresidentes. 

En apariencia, "Punto Fijo" fue un pacto esencialmente interpartidista. El esquema de conciliación política del cual el pacto formaba parte abarcó, sin embargo, a otros sectores organizados de la sociedad. En concreto, el mismo se tradujo en un pacto de "Avenimiento Obrero-Patronal" y en el compromiso de los altos mandos de las Fuerzas Armadas de apoyar la democracia y defenderla contra cualquier intentona golpista. 


Más y Mejor Democracia / Grupo Roraima /Capitulo II / Veintinueve años despues / 1. La caída de la dictadura y la búsqueda de la unidad: El espíritu del 23 de enero” págs 17-18 / 1987

viernes, 18 de enero de 2013

¿LIBRES O FELICES?

Quiero serte franco: vivir en una sociedad libre y democrática es algo muy, pero muy complicado. En el fondo, los grandes totalitarismos de nuestro siglo (comunismo, fascismo, nazismo y los demás que vengan, si es que aún falta alguno) son intentos de simplificar por la fuerza la complejidad de las sociedades modernas: son enormes simplezas, simplezas criminales que intentan volver a algún beatífico orden jerárquico primigenio en el que cada cual estaba en su sitio y todos pertenecían a la Tierra Madre y al Gran Todo Común. El enemigo siempre es el mismo: el individuo, egoísta y desarraigado, caprichoso, que se desgaja de la acogedora unidad social (lo que un pensador bastante cruel, Federico Nietzsche, llamaba «el calor de establo») y se toma demasiadas libertades por su cuenta. Los totalitarismos siempre hacen burla de las libertades «formales o burguesas» que están vigentes en los regímenes más abiertos: las ridiculizan, demuestran su inoperancia, las consideran un simple engañabobos... ¡pero en cuanto pueden acaban con ellas! Saben que a pesar de su aparente fragilidad, de su frecuente ineficacia, el unanimismo totalitario no puede coexistir con las libertades políticas elementales: si se las tolera, a la larga acaban con la autoridad de tanques y policías. 

Bien, es lógico que los Estados totalitarios pretendan aplastar las libertades individuales, pues su nombre mismo proviene de «todo» y por lo tanto no se conforman con tener que compartir el poder con cada uno de los ciudadanos. Pero los enemigos de la libertad no siempre están fuera sino también dentro de los individuos mismos. Un psicoanalista con ambiciones de sociólogo, Erich Fromm, escribió hace casi medio siglo un libro muy interesante cuyo título es significativo: Miedo a la libertad. Ése es el problema. Al ciudadano le da miedo su propia libertad, la variedad de opciones y tentaciones que se abren delante de él, los errores que puede cometer y las barbaridades que puede llegar a hacer... si quiere. Se encuentra como flotando en un tópico mar de dudas, sin puntos fijos de referencia, teniendo que elegir personalmente sus valores, sometido al esfuerzo de examinar por sí mismo lo que hay que hacer, sin que la tradición, los dioses o la sabiduría de los jefes pueda aliviarle demasiado su tarea. Pero, sobre todo, el ciudadano le da miedo la libertad de los demás. El sistema de libertades se caracteriza porque nunca puede uno estar del todo seguro de lo que va a ocurrir. La libertad de los otros la siento como una amenaza, porque me gustaría que fuesen perfectamente previsibles, que se pareciesen obligatoriamente a mí y no pudiesen ir nunca contra mis intereses. Si los demás son libres, está claro que pueden portarse bien o mal. ¿No sería mejor que tuviesen que ser buenos por narices? ¿No corro demasiados riesgos dejándoles en libertad? Muchas personas renunciarían con gusto a su propia libertad con tal de que los otros tampoco disfrutaran de ella: así las cosas serían en todo momento como tienen que ser y sanseacabó. Mi libertad es peligrosa, porque puedo utilizarla mal y hacerme daño a mí mismo; la de los otros no digamos, porque pueden emplearla en hacerme daño a mí. ¿No será mejor acabar con tanta incertidumbre? No creas que siempre son los gobernantes los que pretenden acabar con las libertades o castrarlas al máximo: en demasiadas ocasiones son los ciudadanos los que les solicitan esta represión, cansados de ser libres o temerosos de la libertad. Pero en cuanto a un Estado se le da la oportunidad de limitar las libertades «por nuestro bien» rara vez deja de aprovecharla. Algunos políticos totalitarios, como Adolf Hitler, llegaron al poder por medio de elecciones: de modo que ya se ha dado el caso de que los ciudadanos libres utilicen su libertad para acabar con las libertades y empleen la mayoría democrática en abolir la democracia. 

Fernando  S a v a t e r / Política p a r a  Am a d o r / Capítulo octavo: ¿LIBRES O FELICES? Págs 56-57

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