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sábado, 19 de diciembre de 2015

Adversarios de la mediocridad

Esa fuerza que obstruye todos los senderos, “la mediocridad”, es una incapacidad de lo cualitativo. En la mediocridad no existe el sentido de las diferencias que permite distinguir entre lo malo que se observa, y lo mejor que se imagina.

De tanto nivelar hacia abajo; coacciona, doméstica, y genera complicidad por los intereses creados: una vez doblegados y obedientes, convierte en solidarios y uniformes, a la común vulgaridad.

En este tiempo de rebajamiento, cuando aún está en su apogeo la mediocridad, los idealistas se han unido contra los infalibles, y comienzan a vencer al régimen dominante. Agitan el ideal democrático y humano,   a todos los que sufren el encono de los opresores. La protesta contra el verdugo indigno consideró en esta ocasión el porvenir.

Hay intolerantes, que mantienen una actitud de abierta resistencia a esta mediocridad organizada, pero con un conformismo o dejo despectivo, arrogante y sin compromisos con la colectividad en la cual viven. Son sin embargo necesarios, aunque se encuentren entre el claroscuro del talento y la estupidez.

Flaubert definió al mediocre como "alguien que piensa bajamente". La vulgaridad es su aguafuerte…

P. D.

El ciudadano favorito de las autoridades es quien anuncia con fatuidad “yo no me meto en política”. ¡Como si eso fuera posible, como si uno pudiera vivir en una sociedad política desentendido de esa actividad, como si renunciar a la política no fuese también una actividad política y por cierto de las peores, porque cede a otros sin saberlo la capacidad de tomar decisiones sobre lo que antes o después va a afectarnos!



Ingenieros, J. (1913). El hombre mediocre. Diciembre 19,2015, de CECIES: ORG Sitio web: http://www.cecies.org/imagenes/edicion_176.pdf

Savater, F. (2007). Diccionario del ciudadano sin miedo a saber. Diciembre 19,2015, de Grupo Planeta Sitio web: http://www.planeta.es/es

jueves, 5 de noviembre de 2015

La Guerra Civil Española VII (La Guerra Civil)

La demencial insensatez de todo ello, impulsada por una alta dosis de fanatismo e intolerancia, llevo a la creación de una serie de gobiernos de coalición efímeros, acosados todos por violentas huelgas revolucionarias, algunas instigadas por sindicatos anarquistas que no eran, ni querían ser, parte del sistema. En los siguientes dos años, España paso por varias violentas huelgas revolucionarias y dos rebeliones militares. Ellas llevaron a la cárcel a dirigentes socialistas, anarquistas, y separatistas y a la exasperación de todos. El gobierno atravesó por 16 crisis, y para intentar resolverlas ensayo todas las combinaciones políticas imaginables con la entrada y salida de setenta y dos ministros. Todo ello llevo a la polarización del país en dos bandos que se culpaban mutuamente de todo y se miraban con odio irreconciliable. Ambos partían del convencimiento que solo con la destrucción del contrario se podía “salvar” a España. Para cuando termino el año 1935 la II República Española estaba muerta. Y media España moriría con ella.

En 1936 se formaron dos grandes “coaliciones” de derecha e izquierda y una minoría de “centro” que se enfrentaron en las elecciones de febrero. Las izquierdas obtuvieron 278 diputados; las derechas 134 y el centro 55. La izquierda había ganado. Pero tampoco podía gobernar. El gobierno que se formó, suspendió las garantías constitucionales y la libertad de prensa, pero ni con esto pudo gobernar. La amnistía que dio a los socialistas y anarquistas presos, no aplaco sino encendió pasiones. Por fin, el 18 de julio de 1936 estallo una de las más crueles guerras civiles de la historia contemporánea, que concluyo en 1939 con la victoria de Franco. Este gobernó a España con mano de hierro hasta su muerte en 1975. Se dirá con razón que en la génesis, estallido y desarrollo de la guerra civil española hay muchos ingredientes. Ello es cierto.

Uno de ellos fue el sistema electoral, señalado por Ortega y Gasset como la causa inicial del fracaso de la Republica Luminosa que él y otros intelectuales auspiciaron sin saber lo que con ello estaban desatando. Eso fue lo que creo una república ingobernable cuyo inevitable fin era la guerra. Los intelectuales como Gregorio Marañón, Miguel de Unamuno; Ramón Perez de Ayala y José Ortega y Gasset murieron de tristeza cuando vieron lo que de buena fe habían contribuido a crear.

martes, 20 de octubre de 2015

La Guerra Civil Española VI (La ingobernabilidad como sistema)

Intentar compensar las inevitables injusticias de la aritmética electoral ha sido materia de esfuerzo de todos los que han estudiado y propuesto sistemas electorales con ánimo de encontrar la forma más justa y perfecta. En muchos casos, los resultados han sido aún peores, pues al intentar crear un mecanismo de representación proporcional de minorías; se hace de los partidos el titular de la elección y se crean unas estructuras oligárquicas antidemocráticas. Nadie ha logrado un sistema electoral perfecto porque es matemáticamente imposible hacerlo. No se trata de los trucos y fraudes de quienes no están dispuestos a acatar los resultados de unas elecciones que amenacen cancelar sus privilegios. En el caso español se trataba de un sistema electoral estructuralmente errado, diseñado para hacer que las mayorías que adquirieran el aparente mandato de gobernar, no pudieran hacerlo.

En este caso, la ingobernabilidad no fue un accidente: fue el resultado de un sistema de partidos políticos nacidos de un sistema electoral. Y esto fue lo que los españoles lograron con el sistema electoral que adoptaron para la II República. Visto retrospectivamente su curso fue claro y sus resultados ciertos: 

En las elecciones generales de noviembre de 1933 las simpatías de las mayorías cambiaron, la derecha obtuvo el 44% de los votos y la izquierda el 21%, pero tampoco pudo gobernar. Los españoles se engañaban al creer que la derecha era más capaz de gobernar que la izquierda. No se trataba de que lo fueran o no. Ese no fue el problema. Con el sistema electoral y el gobierno que este produjo, nadie podría gobernar nunca. La mayoría parlamentaria de derecha que tomo el gobierno en noviembre de 1933 era incoherente, débil e indecisa, y la minoría de oposición era aún más incoherente y débil, pero estaba unida en un solo punto: impedir que la mayoría gobernara de acuerdo a lo que entendía era su mandato. El sistema así lo permitía.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La Guerra Civil Española V (La tragedia del intelectual)

Pero eso no fue lo único que llevo a la Guerra civil. Lo que más contribuyó a ello fue el mecanismo elector, que estableció un sistema según el cual nadie perdería y nadie ganaría unas elecciones; creador de un gobierno parlamentario que nombrado por una sola Cámara sin ningún equilibrio, y que sería en definitiva, incapaz de gobernar. Por ello, después de haber auspiciado abiertamente el paso de la monarquía a la república, y de haber participado activamente en la redacción de la Constitución, José Ortega y Gassett expreso su angustia por el curso que tomaba España; pronto se declaró frustrado y culpo de su fracaso al sistema electoral y al régimen de gobierno parlamentario que se había adoptado. Sin entender lo que el filósofo advertía, la izquierda lo acuso de fascista y la derecha de ser un tonto útil de los que querían llevar a España al comunismo. La tragedia del filósofo era que tenía razón. Pero con ello, no podía eximir su culpa por el curso que había tomado su país.


Diez años atrás, Ortega había escrito su obra maestra "La rebelión de las masas", en la cual, con todo su enorme talento, no había caído en cuenta que toda estructura política que aspire a ser democrática y que por ello mismo, su orden de gobierno deba ser de origen electoral, nace condicionada por el mecanismo de sufragio que a su vez lleva a condicionar los modos de participación política. Ortega no había caído en cuenta que no existe sistema electoral perfecto; que todo mecanismo de sufragio mediante el cual la mayoría de representados delega en una minoría de representantes la función de gobernar, adolece de las inevitables injusticias aritméticas que se derivan del derecho a gobernar de quienes lo obtienen con la mitad más uno de los votos, y se lo niegan a los que logran la mitad menos uno.

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